También llamado
Crucifixion, lo cierto es que es un cuadro realmente sorprendente del genial Salvador Dalí. Muestra la figura de Cristo crucificado contra un
tesseract, es decir, un hipercubo. Reencontré la visión de este cuadro gracias a un libro que estoy leyendo,
Hiperespacio, del físico teórico Michio Kaku. En él el autor nos explica la noción actual en física teórica sobre la existencia de múltiples dimensiones en el espacio. Así, de manera amena y asequible, nos introduce en el complejo mundo de los universos paralelos, la teoría de cuerdas, los agujeros de gusano, la influencia de las teorías de la relatividad (especial y general) de Einstein sobre nuestra concepción actual del mundo y cómo el sueño que persiguió ese genio de unificar en una sola teoría o "teoría del Todo" las cuatro fuerzas fundamentales del Universo (la electrostática, la nuclear fuerte, la nuclear débil y la gravitatoria) es mucho más fácil de perseguir si se estudia asumiendo la existencia de, al menos, diez dimensiones.
Obviamente, nosotros nunca seremos capaces de imaginarnos tan siquiera cómo sería un ser pentadimensional dentro de nuestra naturaleza cuatridimensional (sí, no me he equivocado: altura, anchura, longitud y tiempo suman cuatro dimensiones, no tres) y eso es debido a que nuestro cerebro está adaptado para pensar, como máximo, en tres dimensiones espaciales mas una temporal (consecuencias de la inevitable evolución). Sin embargo, gracias a las matemáticas podemos modelizarlas y mediante sencillos juegos mentales podemos llegar a intuirlas, como si de un juego de sombras chinas se tratara. Y eso es lo que nos propone el señor Kaku en su libro.
En uno de los capítulos, el autor nos muestra la influencia que ha tenido la idea de una quinta dimensión en la literatura y la pintura de finales del siglo XIX y de todo el siglo XX. Autores como H.G. Wells escribieron aterradores relatos sobre seres de cuatro dimensiones que hacían desaparecer de nuestro plano de existencia a los intrépidos personajes que se atrevían a adentrarse en lo desconocido. Así mismo, pintores de la talla de Pablo Picasso o Salvador Dalí implementaron a sus obras todo el bagaje conceptual que la física estaba empezando a influir en los círculos intelectuales de aquella época. De hecho, en el caso de Picasso, una de las principales influencias del cubismo nace a partir del intento de representar sobre un cuadro cómo sería observar nuestro mundo desde la óptica de un ser de cuatro dimensiones espaciales.
En el cuadro que les presento en esta entrada, Dalí quiso reflejar la crucifixión de Cristo como una cuestión metafísica, dejando plasmada la condición divina de Jesús al representarlo contra un
tesseract. Para quienes no lo sepan, un
tesseract es un hipercubo extendido en el plano tridimensional en ocho cubos dispuestos como una cruz. Fue acuñado por primera vez en 1888 por el matemático inglés C.H.Hinton. Pueden entenderlo de manera más sencilla si restan una dimensión al conjunto: si un cubo sería el equivalente al hipercubo en tres dimensiones, una hoja de papel con seis cuadrados dibujados de tal forma que al recortarla y plegarlos formasen el cubo sería análogo al
tesseract dentro de nuestro plano de realidad.

Evidentemente, si el
tesseract se plegase sobre sí mismo, en nuestra dimensión quedaría solo un cubo. El resto de su estructura no sería visible y se escaparía irremediablemente de nuestra comprensión, aunque sí podemos representarlo como un cubo dentro de otro cubo.

He aquí lo más gracioso: nadie que viva en el plano tridimensional puede plegar un
tesseract a su naturaleza hipercúbica, del mismo modo que un ser que viva en un plano bidimensional (en una hoja de papel, por ejemplo) nunca podrá plegar un cubo como nosotros sí hacíamos en el colegio cuando nos daban a recortar figuritas geométricas en cartulina para luego pegar los lados y formar prismas, pirámides, cubos, etc.
Otro experimento mental que propone el autor es el siguiente: imagínense que son seres que viven en un plano bidimensional, por ejemplo, dibujos en una hoja de papel. Para ustedes no existe una tercera dimensión de profundidad, y no pueden ni imaginársela porque sólo ven lo que se muestra en la superficie de la hoja (no tienen noción de arriba y abajo, sólo derecha-izquierda, adelante-atrás). Bien, ¿qué pasaría si un ser tridimensional les recortase de la hoja y les dejase caer al vacío? ¿Cómo verían a un ser de tres dimensiones, por ejemplo, un humano? La respuesta es muy sencilla: si comienzan a descender al suelo como una hoja de papel, en su caída y empezando por la cabeza verían una especie de linea que se alarga mientras van descendiendo a la altura del rostro y se va acortando a medida que se acercan al cuello. Posteriormente, la linea se separará en tres lineas: dos delgadas a los extremos y una más ancha en el medio. Claramente sería un corte del tronco y los brazos. Así seguirían sucesivamente hasta llegar al suelo. Pero no sólo eso: las lineas irían cambiando espontáneamente de color a medida que cambian de una textura a otra (¿o el pelo tiene el mismo color que la piel o que la ropa que viste el ser en cuestión?). Extiendan esto ahora a nuestra realidad en tres dimensiones e intenten imaginarse cómo verían a un ser de cuatro dimensiones.
Evidentemente, este y otros muchos juegos mentales que están recogidos en el libro son sólo formas de tratar de representar mentalmente el modo en el que percibiríamos una nueva dimensión desconocida para nosotros. En la realidad, los físicos teóricos trabajan con complejas ecuaciones que añaden o restan dimensiones según la necesidad para crear modelos que nos permitan comprender un poco más el comportamiento del Universo a partir de datos experimentales y de las leyes que lo controlan. Y es que, como dijo Albert Einstein en la misma cita con la que abrí esta extensa entrada:
Lo más incomprensible de nuestro Universo es que es comprensible.

Dalí al hipercubo por Francesc Català-Roca
Para leer: Kaku, Michio.
Hiperespacio. 1996. Editorial Drakontos.
.